El baño del Plaza era hermoso de una forma casi insolente.
Mármol blanco, luz tibia, herrajes dorados, un espejo concebido para devolver una versión más amable de cualquiera que se plantara frente a él. Todo allí parecía pensado para sostener la ilusión de que la belleza bastaba, incluso en las noches en que el mundo interior amenazaba con desmoronarse.
Luciana llevaba varios minutos junto al lavabo.
El labial seguía perfecto. El recogido no se había movido un milímetro. El vestido verde descen