El ascensor subía despacio.
Era uno de esos ascensores antiguos del Plaza que parecían permitirse el lujo del tiempo: madera oscura, espejo al fondo, luz dorada. Todo en la cabina transmitía una calma elegante que, en ese momento, solo conseguía volver más evidente la tensión.
Lilly decía algo sobre la vista desde la azotea cuando, en el cuarto piso, el ascensor se detuvo.
Las puertas se abrieron y ella miró a Freddy con una expresión demasiado oportuna para resultar convincente.
—El ramo —dijo