El peso sobre Luciana desapareció con una violencia repentina. El vacío de presión fue tan brusco que sus piernas, ya debilitadas por el terror, cedieron. Cayó de rodillas sobre el asfalto frío y rugoso, jadeando, llevándose las manos a la cabeza mientras un dolor sordo y rítmico martilleaba contra su cráneo.
En el túnel de su visión borrosa, el mundo se redujo a sonidos crudos. Escuchó el impacto seco de carne golpeando carne. Un crujido de hueso que la hizo estremecer. Un grito de agonía que n