El peso sobre Luciana desapareció con una violencia repentina. El vacío de presión fue tan brusco que sus piernas, ya debilitadas por el terror, cedieron. Cayó de rodillas sobre el asfalto frío y rugoso, jadeando, llevándose las manos a la cabeza mientras un dolor sordo y rítmico martilleaba contra su cráneo.
En el túnel de su visión borrosa, el mundo se redujo a sonidos crudos. Escuchó el impacto seco de carne golpeando carne. Un crujido de hueso que la hizo estremecer. Un grito de agonía que no era el suyo, sino de la bestia que antes intentaba profanarla.
Abrió los ojos, limpiándose frenéticamente las lágrimas.
Ethan.
No era el estudiante de derecho metódico y calmado que ella conocía. Era una tormenta de furia ciega, un animal protegiendo su territorio con una ferocidad que Luciana nunca hubiera imaginado en él. Sus puños bajaban una y otra vez sobre el rostro del atacante con un ritmo aterrador y letal.
El agresor, arrinconado contra un contenedor de basura, intentó sacar algo de