El bajo de la música en Hamilton’s no se escuchaba; se sentía. Era un golpe rítmico y sordo, una vibración constante que prometía lo único que deseaba: el olvido. El aire dentro del club estaba viciado con sudor, perfumes de trescientos dólares, feromonas y el aroma metálico de las malas decisiones.
Luciana se dejó arrastrar por Vanessa Kensington hacia el centro de la pista. Vanessa, con su risa ronca y su mirada de quien ha visto demasiado, era el complemento perfecto para este descenso al inf