Heridas y Cicatrices
Ethan cerró la puerta con el cerrojo, dejando el mundo, el ruido incesante de Manhattan y el juicio implacable de sus amigos afuera.

Ella se quedó de pie en medio de la pequeña sala, abrazándose a sí misma para contener el temblor. Todavía llevaba puesta la chaqueta de mezclilla de Ethan; la prenda le llegaba a los muslos, ocultando el vestido azul eléctrico que ahora sentía como una marca de infamia.

—Siéntate —dijo Ethan. Su voz era neutral, profesional, despojada de la calidez que solía ser su refugio. No la miraba a los ojos; enfocar su vista en el rostro pálido y magullado de Luciana era un riesgo que su autocontrol no podía permitirse en ese momento—. Voy por el botiquín.

Luciana obedeció. Se sentó en el borde del sofá, con las rodillas juntas y las manos entrelazadas sobre su regazo. Evitó mirar hacia las repisas. Sabía que se encontraría con fotos de ellos dos: el viaje a los Hamptons, la tarde en Central Park, momentos en los que el apellido Sterling no era una carga y Stefan
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