Ethan cerró la puerta con el cerrojo, dejando el mundo, el ruido incesante de Manhattan y el juicio implacable de sus amigos afuera.
Ella se quedó de pie en medio de la pequeña sala, abrazándose a sí misma para contener el temblor. Todavía llevaba puesta la chaqueta de mezclilla de Ethan; la prenda le llegaba a los muslos, ocultando el vestido azul eléctrico que ahora sentía como una marca de infamia.
—Siéntate —dijo Ethan. Su voz era neutral, profesional, despojada de la calidez que solía ser