Luciana no se movió. Su espalda, tensa y frágil bajo la bata de seda azul, era una muralla de orgullo herido. Ethan seguía allí, de pie, con la carpeta de los poderes notariales pesando en su mano como si fuera de plomo.
—Eran mis amigas, Ethan —dijo ella, y su voz no temblaba, lo cual era peor; estaba muerta—. Yo te las presenté. Yo te integré a mi mundo cuando no tenías a nadie. Y ahora... ahora ellas son tus fieles escuderas mientras a mí me miran como si fuera una enfermedad contagiosa.
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