Arquitecto de su Soledad
Luciana no se movió. Su espalda, tensa y frágil bajo la bata de seda azul, era una muralla de orgullo herido. Ethan seguía allí, de pie, con la carpeta de los poderes notariales pesando en su mano como si fuera de plomo.

—Eran mis amigas, Ethan —dijo ella, y su voz no temblaba, lo cual era peor; estaba muerta—. Yo te las presenté. Yo te integré a mi mundo cuando no tenías a nadie. Y ahora... ahora ellas son tus fieles escuderas mientras a mí me miran como si fuera una enfermedad contagiosa.

Ethan sintió el impacto en el pecho, como si el aire se hubiera vuelto sólido.

—Luciana, yo no pretendía aislarte... —intentó decir, dando un paso vacilante hacia ella—. Estaba herido. Solo necesitaba hablar con alguien.

—Pero elegiste a mis únicas personas —lo cortó ella, girándose para mostrarle un rostro bañado en lágrimas frías—. Y ahora estás aquí, cuidándome por pura inercia ética, mientras tus ojos me gritan que no valgo nada. Por favor, Ethan. Llama a Jerome. Dile que contacte a un abog
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