El despacho privado se sentía como una cápsula del tiempo. El único sonido era el crepitar lejano de la leña en la chimenea y el latido ensordecedor del corazón de Luciana.
Estaban sentados en el sofá Chester de cuero oscuro. Ethan no le soltaba la mano. Su agarre era un cable a tierra, lo único que impedía que Luciana saliera flotando o se desmoronara.
Frente a ellos, Richard parecía haber envejecido diez años en los últimos diez minutos. Ya no era el tiburón de Wall Street. Era un hombre viej