La puerta de roble macizo se cerró con un clic definitivo, aislando el despacho de Richard del bullicio, la música y las risas de la gala. El silencio que descendió sobre la habitación no era pacífico; era pesado, antiguo, impregnado del aroma a tabaco de pipa, cuero viejo y decisiones que movían millones de dólares.
Ethan se quedó de pie en el centro de la alfombra persa. No se movió. No se inquietó. Mantuvo las manos relajadas a los costados, aunque por dentro su sistema nervioso estaba dispa