El pasillo adyacente al despacho privado de Richard Vanderbilt se había convertido en una zona muerta. La música de la orquesta —un jazz suave y sofisticado— llegaba amortiguada a través de las paredes.
No había camareros allí con bandejas de plata, ni invitados perdidos buscando el baño. Solo había dos hombres parados como centinelas de una puerta de roble macizo.
Liam Ashford y Thomas Vance no se miraban. El aire entre ellos estaba cargado con el tipo de tensión que precede a un desastre natural.
Thomas, con su postura rígida, revisaba su Patek Philippe cada treinta segundos.
—Treinta y cinco minutos —murmuró Thomas, rompiendo el silencio. Su voz sonó seca, nerviosa.
Liam, en cambio, estaba apoyado contra la pared con una copa de whisky en la mano que ya había rellenado tres veces en la barra más cercana. Su esmoquin de terciopelo azul noche le daba un aire de depredador nocturno aburrido. Sus ojos no se apartaban de la manija de bronce de la puerta.
—Demasiado tiempo para un despid