El sonido de los neumáticos sobre la grava anunció la llegada de los lobos corporativos.
Luciana, sentada en el borde de la inmensa cama y envuelta en una bata de seda azul oscuro, vio a Ethan entrar con una carpeta de cuero negro. Su presencia llenó la habitación, no con la calidez de un amante, sino con la eficiencia fría de un abogado. Detrás de él, Jerome traía una bandeja con café cargado, el aroma amargo cortando el aire viciado por la enfermedad.
Antes de que pudieran abrir los documentos, el timbre de la mansión resonó con una autoridad distinta. Era el doctor Harrison.
Ethan se hizo a un lado, cruzándose de brazos y recostándose contra la pared, manteniendo esa distancia gélida que había impuesto al despertar, vigilando como un carcelero mientras el médico realizaba su chequeo.
—Doctor, necesito volver a Columbia mañana —sentenció Luciana, intentando inyectar firmeza a su voz—. Tengo entregas de proyectos, la empresa está en medio de una transición... no puedo permiti