La puerta de caoba se cerró detrás de Richard Vanderbilt con un sonido definitivo que resonó como el martillo de un juez dictando sentencia.
El silencio en la sala de juntas era absoluto, nadie se movía, nadie respiraba, la presencia del patriarca de los Vanderbilt había absorbido todo el oxígeno de la habitación como un agujero negro corporativo.
Luciana permanecía sentada con la espalda perfectamente recta, las manos entrelazadas sobre la mesa fría de mármol para ocultar el temblor que le recorría el cuerpo, se sentía pequeña, vacía por dentro después del abandono de Stefan, pero al mismo tiempo extrañamente blindada por la figura imponente de Richard a su lado.
Era una contradicción devastadora: nunca se había sentido tan sola y tan protegida simultáneamente.
Damian Cross, al otro extremo de la mesa, había perdido su sonrisa de depredador seguro, sus ojos grises normalmente calculadores ahora mostraban una cautela nerviosa que no podía ocultar completamente, sabía que la presencia d