Luciana tenía la vista clavada en una página sobre macroeconomía que no estaba leyendo. Estaba concentrada en no llorar, en mantener la máscara pegada a su cara mientras el murmullo de la cafetería parecía amplificar su aislamiento.
De repente, una sombra cayó sobre su mesa.
Una bandeja se posó frente a ella con un ruido sordo.
Luciana levantó la vista, sorprendida.
Ethan estaba allí. Alto, serio, inmenso. No pidió permiso. No preguntó si el asiento estaba ocupado. Simplemente arrastró la silla de plástico, la colocó justo al lado de ella —no enfrente, sino al lado, invadiendo su espacio personal— y se sentó.
El murmullo en la cafetería estalló.
Luciana lo miró, atónita. Tenía la boca ligeramente abierta.
—¿Qué haces? —susurró ella, mirando de reojo hacia la mesa de sus amigos, que parecían estatuas de sal.
Ethan abrió su botella de agua con calma, ignorando al resto del universo.
—Almorzar —dijo simplemente.
—Ethan... están mirando. Todos están mirando. Robbie te va a odiar.
Ethan se