El miércoles amaneció en Nueva York con un sol engañoso, brillante, pero gélido, de esos que hacen que los cristales de los rascacielos parezcan diamantes afilados. Para Luciana Sterling, era el día cero.
Habían pasado cuarenta y ocho horas desde que Ethan destrozó el arreglo de orquídeas negras en la sala de juntas. Cuarenta y ocho horas desde que la miró con esos ojos celestes oscurecidos por los celos y le dijo que ella no le pertenecía a Stefan. Esa escena se repetía en su mente como una pe