El teléfono rojo sobre el escritorio de caoba de Luciana Sterling no sonaba a menudo. Era una línea directa reservada para emergencias marítimas: hundimientos, piratería o desastres naturales.
Cuando sonó a las 4:15 PM de un martes gris, Luciana sintió que el sonido le helaba la sangre.
Contestó con la mano firme, aunque su pulso se había disparado.
—Sterling al habla.
—Señorita Sterling, tenemos una situación crítica en el puerto de Busan —la voz del jefe de logística en Corea sonaba distorsio