El estudio de Eduardo Sterling se sentía como una cámara de descompresión. El aire estaba cargado, denso, oliendo a libros viejos y a la tensión eléctrica que crepitaba entre Ethan y Luciana.
Luciana lo miraba desde detrás del escritorio con una mezcla de agotamiento y hostilidad defensiva. Su bata de seda gris se deslizaba por su hombro, revelando una piel que aún conservaba la palidez de la enfermedad, pero sus ojos verdes estaban encendidos.
—¿Que me vas a obligar a escuchar? —preguntó ella, su voz ronca pero afilada—. Ethan, son las doce de la noche. Irrumpiste en mi casa empapado y con aires de salvador. Ya no tienes ese derecho.
Ethan no retrocedió. La adrenalina de haber descubierto la trampa de Stefan había borrado su propia timidez. Se sentía lúcido, afilado, como si finalmente hubiera encontrado su propósito en medio del caos de los últimos días.
—No vengo como tu exnovio, Luciana. Vengo como el único abogado en esta ciudad que no está en la nómina de los Vanderbilt —Ethan d