El estudio de Eduardo Sterling se sentía como una cámara de descompresión. El aire estaba cargado, denso, oliendo a libros viejos y a la tensión eléctrica que crepitaba entre Ethan y Luciana.
Luciana lo miraba desde detrás del escritorio con una mezcla de agotamiento y hostilidad defensiva. Su bata de seda gris se deslizaba por su hombro, revelando una piel que aún conservaba la palidez de la enfermedad, pero sus ojos verdes estaban encendidos.
—¿Que me vas a obligar a escuchar? —preguntó ella,