Nueva York. Martes, 7:00 AM.
El aire en el estudio de la mansión Sterling estaba cargado de esa electricidad estática que precede a las ejecuciones.
Ethan Cole entró puntual, con la carpeta bajo el brazo y las ojeras marcadas bajo los ojos, pero con una postura que irradiaba una seguridad letal. No venía como el exnovio; venía como el abogado que estaba a punto de ganar el caso de su vida.
Luciana lo esperaba de pie junto al ventanal. Ya no llevaba la bata de seda. Vestía un traje sastre negro, impecable, con el cabello recogido en una coleta tensa que le estiraba las facciones, dándole una apariencia casi felina. Se veía recuperada, no por salud, sino por pura fuerza de voluntad.
—¿Lo tienes? —preguntó ella sin preámbulos.
—Redactado, revisado y blindado —respondió Ethan, dejando la carpeta sobre el escritorio de caoba con un golpe seco—. La "Adenda de Independencia Operativa".
Luciana se acercó y abrió la carpeta. Sus ojos verdes escanearon el documento. Ethan había sido brillante.