Nueva York. Martes, 7:00 AM.
El aire en el estudio de la mansión Sterling estaba cargado de esa electricidad estática que precede a las ejecuciones.
Ethan Cole entró puntual, con la carpeta bajo el brazo y las ojeras marcadas bajo los ojos, pero con una postura que irradiaba una seguridad letal. No venía como el exnovio; venía como el abogado que estaba a punto de ganar el caso de su vida.
Luciana lo esperaba de pie junto al ventanal. Ya no llevaba la bata de seda. Vestía un traje sastre negro,