El teléfono rasgó el silencio sepulcral del apartamento de Ethan como un grito en la madrugada.
Cuarto tono. Quinto tono.
Ethan permanecía sentado en el suelo, con la espalda clavada contra el sofá, rodeado de una fortaleza de libros de leyes que no leía y cajas de comida china que apestaban a abandono. La pantalla del celular palpitaba en la oscuridad con un nombre: Jerome.
Ethan contestó al primer tono.
—¿Luciana está bien?.
Su pulgar levitó sobre el botón verde, temblando. Su orgullo herido