El café de Carla siempre olía a canela y decisiones que una aún no sabe si arrepentirse o agradecer. Era una de esas tardes donde el cielo se encaprichaba en llorar, y yo también. Pero a diferencia de él, yo sabía fingir mejor.
—Necesito hablar contigo —le dije apenas abrió la puerta. Ni siquiera esperé su respuesta. Entré como si los años no hubieran pasado, como si seguíamos teniendo veinte y creyendo que el mundo era domable.
Carla me miró con esos ojos grandes y preocupados que solía clavar