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El café olía a canela y juicio.

Cada vez que la puerta se abría, sentía que alguien nuevo venía a ver de cerca al monstruo de la historia, a la bruja que escondió una hija, a la amante del forastero, a la que ahora se atrevía a caminar con la frente en alto por las calles que la vieron llorar.

Pero yo no lloraba hoy.

No más.

Me senté en la esquina más luminosa del café, la mesa que da justo a la ventana, como si el sol pudiera darme algo de coraje. O quemar la culpa que llevaba pegada a la piel
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