El reloj de la sala marcaba las siete y media cuando el timbre sonó. Cassandra se miró en el espejo del recibidor, ajustó un mechón rebelde detrás de su oreja y respiró hondo. Cada visita de Thomas era como un pequeño terremoto que sacudía los cimientos de la vida que había construido sin él. Abrió la puerta con esa máscara de indiferencia que había perfeccionado durante los últimos meses.
—Llegas temprano —dijo, haciéndose a un lado.
Thomas entró con una bolsa de papel en las manos y ese aroma