El sol se elevaba perezoso sobre las colinas cuando Cassandra terminó de preparar la canasta de picnic. Sus manos se movían con precisión mecánica mientras empacaba los sándwiches, las frutas y los jugos. Había aceptado esta salida familiar más por Emma que por ella misma, se repetía como un mantra. Sin embargo, el nerviosismo que sentía en el estómago contradecía sus pensamientos.
—¿Necesitas ayuda? —La voz de Thomas la sobresaltó. Estaba apoyado en el marco de la puerta, con el cabello húmedo