La luz del amanecer se filtraba por las cortinas de gasa, dibujando patrones dorados sobre la piel de Cassandra. Thomas la observaba dormir, fascinado por la forma en que su pecho subía y bajaba con cada respiración tranquila. Había olvidado lo hermosa que era al despertar, con el cabello revuelto sobre la almohada y las mejillas sonrosadas. Diez años atrás, habría dado cualquier cosa por despertar así cada mañana. Ahora, el privilegio de contemplarla le parecía un milagro inmerecido.
Cassandra