El ático de la casa de Cassandra siempre había sido un lugar prohibido para Emma. No por imposición materna, sino por ese acuerdo tácito que existe entre madres e hijas: hay espacios donde habitan los fantasmas del pasado, y es mejor no perturbarlos. Pero aquella tarde de sábado, mientras Cassandra visitaba a una amiga enferma, la curiosidad adolescente pudo más.
La escalera retráctil crujió bajo sus pies. El polvo danzaba en los rayos de sol que se filtraban por una pequeña ventana circular. Em