El papel temblaba entre los dedos de Cassandra. Siete palabras. Solo siete palabras bastaron para que el suelo bajo sus pies se desvaneciera como arena húmeda. La nota, doblada con precisión quirúrgica, había aparecido sobre su piano en el camerino después de la presentación benéfica.
Tu hija también es mía.
La caligrafía, inclinada y puntiaguda, parecía haber sido escrita con la misma tinta negra que sus pesadillas. Cassandra se dejó caer en el banquillo, con el vestido de gala aún puesto, sin