El termómetro marcaba 39.2°C. La frente de Emma ardía bajo mi palma como una brasa, y sus mejillas, normalmente de un rosa suave, habían adquirido un tono escarlata alarmante. Sus pequeños labios, resecos por la fiebre, se movían en un murmullo incoherente mientras se revolvía entre las sábanas empapadas de sudor.
—Shh, tranquila, mi amor —susurré, pasando un paño húmedo por su rostro—. Mamá está aquí.
Eran las dos de la madrugada. La tormenta que azotaba la ciudad desde la tarde había alcanzad