Ariadna dejó caer el bolso en el mueble de la entrada.
Todo estaba en silencio.
El departamento no era grande, pero estaba ordenado.
La luz que entraba por las cortinas era suave, gris, como si el día todavía no hubiera decidido empezar del todo.
El dolor de cabeza ya era una molestia constante, pero soportable.
Su estómago se sentía vacío.
Tenía sed, pero no quería moverse todavía.
Respiró hondo y se quitó los zapatos. Le costó más de lo normal mantener el equilibrio.
La resaca todavía estaba