Ariadna abrió los ojos despacio.
La luz entraba por la ventana y le molestaba.
La cabeza le dolía. Mucho.
Se sentó en la cama.
Tardó unos segundos en recordar dónde estaba.
La habitación no era la suya.
Era más grande. Más ordenada. Más fría.
Las sábanas olían a jabón caro.
Miró alrededor.
Todo estaba impecable.
Una mesita con un vaso de agua y una pastilla.
—Perfecto… —murmuró, sarcástica.
Se tomó la pastilla.
El agua estaba fría.
Recordó el bar.
Recordó la llamada.
Recordó decir “sexo salvaje