El vapor llenaba el cuarto de baño, creando una atmósfera densa y blanquecina que apenas permitía ver el reflejo en el gran espejo de marco dorado. Ariadna dejó que el agua caliente golpeara su espalda, intentando que el calor disolviera el nudo de ansiedad que se le había instalado en el pecho desde que el primer fuego artificial rosa se extinguió en el cielo. Salió de la ducha con movimientos torpes, pesados. Sus seis meses de embarazo se sentían como un siglo de expectativas y miedos.
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