Dante apagó el motor y el silencio del habitáculo se volvió asfixiante, solo roto por el crujido metálico del coche enfriándose. Al bajar, la figura de Akira Volkov ya los esperaba de pie junto a su Ferrari rojo, que brillaba bajo las luces halógenas de la entrada como una herida abierta. Akira iba vestida con un traje hecho a medida: una falda tipo tubo en color gris marengo que enmarcaba su cintura y sus piernas con una precisión casi arquitectónica, y una camisa blanca de seda impecable meti