El semáforo frente a ellos se puso en rojo, obligando a Dante a detener el Volvo con un movimiento seco. El silencio en el habitáculo del coche era tan denso que Ariadna sentía que podía cortarlo con los dedos. Fuera, la ciudad seguía su curso, ajena a la tormenta que se gestaba dentro del vehículo. Dante mantenía las manos fijas en el volante, pero sus nudillos blancos delataban que su calma era solo una fachada.
—No te trato como a ellas —repitió él, rompiendo el silencio con una voz que habí