El taxi avanzó entre el tráfico sin decir nada.
Ariadna llevaba la espalda rígida contra el asiento. Aún tenía el teléfono apretado en la mano. La aplicación marcaba el trayecto hacia casa de su madre. Miró por la ventana sin ver nada en concreto. Las luces pasaban. La ciudad seguía igual. Ella no.
El chofer rompió el silencio.
—¿Todo bien, señorita?
—Sí —respondió sin mirarlo—. Solo conduzca.
El hombre asintió y volvió a la carretera.
Ariadna respiraba rápido. El pecho le subía y le bajaba con