Dante apoyó la frente contra la de Ariadna.
Sentía su respiración caliente, desordenada. Sentía las manos de ella aferradas a su camisa, como si él fuera lo único que la mantenía de pie.
—Te lo estoy pidiendo —repitió Ariadna, en voz baja—. No quiero estar sola.
La palabra sola le golpeó algo que no sabía que todavía tenía vivo.
Dante no respondió de inmediato. Cerró los ojos. Contó mentalmente. Uno, dos, tres. Nada. No funcionó esta vez. El control, ese que usaba como arma y escudo, se desliza