Al día siguiente, el regreso a la mansión fue un desfile de sombras bajo el sol brillante de la mañana. El trayecto desde la clínica fue corto, pero el silencio dentro del blindado era tan denso que parecía ocupar el espacio de un pasajero más. Dante conducía con la mandíbula apretada, sus dedos largos y nudosos rodeando el volante de cuero con una fuerza que hacía palidecer sus nudillos. A su lado, Ariadna miraba por la ventana, viendo pasar los árboles de la entrada principal, esos robles ant