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Dentro de la habitación, la luz era tenue, filtrada por unas persianas que apenas dejaban pasar el resplandor de la ciudad. Alexei estaba recostado, viéndose diminuto entre las sábanas blancas y las máquinas que monitoreaban su ritmo cardíaco. Cuando Ariadna se sentó a su lado, el niño giró la cabeza. Sus ojos grises, idénticos a los de Dante, estaban llenos de una fragilidad que rompía el corazón.

—¿La señora de las flores? —preguntó él en un susurro, reconociendo el perfume de Ariadna que se
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