La mansión Castellanos, aquel símbolo de poder enemigo, se convirtió de la noche a la mañana en una fortaleza para las hermanas Valdez. Para Ana, los pasillos de mármol y las altísimas ventanas eran una prisión de lujo. Plantada en el centro de la suite que compartía con Luna, cruzaba los brazos con obstinación.
—Esto es una exageración. No puedo dejar mis clases, mi proyecto… ¡mi vida!
—Tu vida es lo único que me importa —replicó Luna, empaquetando la ropa de Ana con movimientos bruscos que de