El regreso a la ciudad fue un viaje en silencio cargado. El diario, ahora su tesoro más preciado y su carga más pesada, reposaba en una mochila a los pies de Luna. El fantasma del beso flotaba en el aire entre ellos, tan palpable como la amenaza de Javier, pero aún más difícil de nombrar. Fue Mateo quien rompió el hielo, su voz práctica cortando la tensión emocional.
—No puedes volver a la panadería. No hasta que sepamos qué pretende hacer Javier.
—No voy a huir de mi hogar —replicó Luna, pero