Isabel no lloró hasta que las puertas del despacho de su padre se cerraron detrás de ella. Se había prometido no hacerlo, no mostrarse débil, no darle a nadie el gusto de verla quebrada… pero en cuanto se quedó a solas con él, el nudo que llevaba en el pecho desde la discusión con Sebastián se deshizo.
Caminó hacia el centro de la oficina, impecable como siempre, aunque los ojos ya le ardían.
—No me ama —dijo al fin, con la voz rota—. ¡No me quiere papi! — Chilló pataleando.
Su padre dejó los