La noche avanzaba lenta y pesada en el restaurante, y Valentina sentía el cansancio adherido a sus huesos como una segunda piel. Llevaba horas de pie, sonriendo con amabilidad automática, anotando pedidos, llevando platos que humeaban y regresando con bandejas vacías. Cada músculo le dolía, pero no se permitía quejarse. Necesitaba las horas extras. Necesitaba cada moneda. Ahora ya no trabajaba solo para pagar el alquiler o las deudas: trabajaba para ese pequeño secreto que crecía dentro de ella