Valentina bajó del autobús con una sola maleta y una vida entera desarmada dentro del pecho. El aire de su ciudad natal no olía a asfalto ni a prisa. Las calles eran más angostas, los edificios más bajos, las personas caminaban sin esa urgencia feroz que parecía devorar todo en la otra ciudad.
Nadie la miró dos veces. Nadie la reconoció. Y por primera vez desde que se fue, esa invisibilidad no dolió… la protegió.
No había avisado a nadie que regresaba. No tenía a quién avisarle. Con los ahorro