La felicidad no llegó como un estallido.
Llegó en detalles.
En mañanas que empezaban más tarde de lo habitual porque ninguno quería ser el primero en soltarse. En el sonido del café preparándose mientras Valentina aún caminaba descalza por el penthouse, envuelta en una camisa de Sebastián que le quedaba grande y que él fingía no notar cuánto le gustaba verla así.
Descubrieron que a ella le gustaba el café dulce, casi infantil, y que él lo prefería amargo, fuerte, sin azúcar. La primera vez que