Todo volvió a ser como antes.
O peor.
Sebastián ya no la tocaba sin motivo. No la miraba con esa intensidad peligrosa que la desarmaba por dentro. No había reproches, no había gritos. Solo una frialdad quirúrgica que cortaba más profundo que cualquier insulto.
La observaba como si estuviera evaluando una inversión que empezaba a perder valor.
—Acompáñame a la oficina —dijo esa mañana, sin levantar la vista de su teléfono.
No fue una invitación.
Fue una orden.
Valentina se vistió con uno de los