El trayecto hasta el auto fue eterno.
No por la distancia, sino por el peso de las miradas que los siguieron desde el salón hasta el estacionamiento. Murmullos apenas disimulados, sonrisas fingidas, cuchicheos venenosos que se escondían detrás de copas de cristal. Sebastián no soltó la mano de Valentina en ningún momento, pero tampoco la miró. Su expresión era rígida, afilada. Una máscara perfectamente entrenada.
Cuando la puerta del auto se cerró, el silencio dejó de ser elegante y se volvió i