La oscuridad tenía peso.
No era solo la ausencia de luz: era una presencia espesa, pegajosa, que se le metía en los pulmones cada vez que intentaba respirar hondo a travéz de la mordaza.
Valentina estaba atada. Las cuerdas se habían incrustado tanto en su piel que ya no distinguía dónde terminaban los nudos y dónde empezaba el dolor. Las muñecas le ardían, húmedas, calientes, y cada pequeño movimiento abría la herida un poco más. La sangre, seca en algunos puntos, fresca en otros, le manchaba