El invierno se resistía tercamente a marchar, lanzando un último aliento de escarcha blanca contra los gruesos cristales de la mansión de los Blackwood. Alistair caminaba de un lado a otro por el pasillo exterior de sus aposentos con una desesperación febril que ninguna batalla sangrienta le había provocado jamás. Los gritos de Elowen, cargados de un dolor ancestral que él no podía arrebatarle ni compartir, desgarraban el silencio absoluto de la noche y hacían trizas su propia cordura. Cada seg