El avión aterrizó en Madrid bajo una lluvia fina y fría que parecía acompañar el estado de ánimo de Lia. Habían pasado nueve días desde que Mateo se fue. Nueve días en los que ella apenas había dormido, apenas había comido y apenas había hablado.
Alejandro iba a su lado en el taxi que los llevaba al centro de la ciudad. No se habían dicho casi nada durante todo el vuelo. Solo se tomaban de la mano, como si soltarse significara derrumbarse por completo.
El hotel que Daniel había reservado estaba