El mar seguía exactamente igual. Las mismas olas, el mismo color turquesa, la misma brisa que olía a sal y libertad.
Pero la casa ya no era la misma.
Ahora había dos autos más en la entrada, un columpio grande en el jardín y risas que sonaban diferente.
Lia estaba en la cocina terminando de preparar el almuerzo cuando escuchó la puerta principal abrirse.
—¡Mamá! ¡Ya llegué!
La voz grave y profunda hizo que Lia sonriera sin poder evitarlo. Se limpió las manos en el delantal y salió a recibirlo.