Habían pasado casi dos años desde que Camila se marchó aquella tarde con el auto negro. Dos años en los que la casa frente al mar había vuelto a ser un verdadero hogar. Mateo ahora tenía quince años, era más alto, la voz más grave, pero seguía siendo ese niño que corría a abrazar a Lia cada vez que llegaba de la escuela. Sofía tenía once y Lucas siete, y la familia parecía haber encontrado por fin la paz que tanto costó.
Lia estaba en la terraza regando sus orquídeas cuando el teléfono vibró. E