Quince años después.
La casa frente al mar ya no era solo una casa. Se había convertido en un hogar lleno de vida, de recuerdos y de nuevas historias.
Lia, con sesenta y dos años, caminaba descalza por la arena al atardecer. El cabello se le había vuelto completamente blanco, pero sus ojos seguían teniendo la misma luz de siempre. A su lado caminaba Mateo, ahora con cuarenta años, sosteniendo de la mano a su hija de seis años, Camila.
Sí. La habían llamado Camila.
—Abuela, ¿me cuentas otra vez