Lia se quedó arrodillada en la arena, con las manos hundidas en la tierra como si quisiera aferrarse a algo real. El sol ya había salido por completo, pero para ella todo seguía oscuro.
Mateo seguía parado frente a ella, esperando una respuesta. Sus ojos, esos mismos ojos que ella había besado mil veces, ahora la miraban como a una extraña.
—¿Es verdad lo que dice Camila? —repitió él—. ¿Tú sabías que yo no era hijo de papá y lo ocultaste?
Lia levantó la mirada. Tenía la cara hinchada y los labi