Tres días después llegó la respuesta.
Esta vez no fue una carta. Fue un paquete.
Lo entregó un mensajero a media mañana. Era una caja pequeña, envuelta en papel negro, dirigida a Mateo Valtierra.
Cuando Mateo la vio, se quedó congelado en la puerta.
Lia estaba a su lado. Sintió un escalofrío recorriéndole la espalda.
—No la abras —dijo rápidamente.
Pero Mateo ya había tomado la caja. La llevó al salón y la puso sobre la mesa. Todos se reunieron alrededor: Lia, Alejandro, Rosa, Sofía y Lucas.
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